La mochila de la inocencia


Rubia, voy a seguir tu consejo, pero antes, tengo que hacer algo. Vomitado, así casi sin revisión, directo al blog, sepan disculpar si tengo errores ortográficos o si la redacción no es correcta, es por la forma en que lo publico.

Hace 10 años creía por primera vez en el amor. Hace 10 años me enamoraba de él. El príncipe azul con el que había soñado. No importaba mucho que fuera flaco, bajo y con mirada triste, podía perderme en esos ojos a veces grises, a veces verdes, con la misma facilidad que en las profundidades de un océano.

Llegó con un andar desparejo y entró a mi vida sin que pudiera detenerlo, con la fuerza de un huracán. Incontenible. Imparable.

Me enamoré, como quien se enamora a primera vista. Ese 28 de diciembre mi inocencia creía que era posible el amor… y el destino me jugaría la broma del día de los inocentes más cara de mi vida.

Los primeros meses fueron casi un cuento de hadas. El era perfecto, hasta en la cama. Nos entendíamos en el idioma de los enamorados, o así lo creía. Hasta que en marzo de 2001 esa burbuja se rompió con una de nuestras primeras peleas. Entró la desconfianza en la pareja y nunca más se iría.

Pasaron 4 años, de peleas, de tristezas. De ojos secos sin lágrimas de tanto llorar. Hasta que un sábado 12 de febrero, si me acuerdo patente esa fecha, todo terminaría. Por una de esas causalidades del destino me encontré, sin quererlo siquiera, hablando con ella.

Ya no recuerdo su nombre. Solo recuerdo que fue después de una pelea con Alejandro. Los años de desconfianza hicieron que yo tuviera su contraseña de MSN y en un arranque de bronca, al volver a mi casa, pasé por el ciber de Corrientes y Palestina. Loguié mi cuenta y lo entretuve con retazos de la discusión que habíamos tenido en su casa. En el mientras tanto desde el web mail cambiaba la password y su pregunta secreta. Una vez hecho esto, lo despedí diciéndole: “Ahora vas a ver lo que es que yo me enoje”

Loguié su cuenta en el cliente del MSN para así desconectarlo y terminar por fin mi gran trabajo. ¿Me creerías si te dijera que fue la primera vez que obre con “malicia”? Lo pongo entre comillas porque no sabría decir si malicia es la palabra correcta para lo que hice ese día.

La siguiente serie de eventos es tan solo una descripción, un poco borrosa, de lo que pasó ese día. Si nunca antes lo escribí fue por la vergüenza que he sentido todos estos años. Porque mi orgullo de escorpiana me impedía admitir que hubiese sido tan estúpida y que hubiese confiado en él con la inocencia, que a veces, me caracteriza.

Muchas veces me han dicho que cuando deseas algo realmente, todo el universo conspira. No sé si el universo conspiró o no. Sólo sé que se abrió una ventana de conversación en el MSN con una sola oración “¿Qué pasó? ¿Te caíste mi amor?”.

De pronto todo el mundo comenzó a girar y sentí un cuchillo atravesarme el pecho. Millones de pensamientos y sentimientos se arremolinaban en mi cabeza. Y un frágil cristal se rompió. Terror, dolor, tristeza. Me quedé sin aliento y una mano aprisionó mi garganta al tiempo que luchaba desesperadamente por contener las lágrimas.

Estuve a punto  de cerrar la ventana, pero antes tenía que estar segura de que no era una broma, un mal entendido.

“¿Cómo mi amor?”

“Sí, mi amor,  ¿acaso te olvidaste de los besos que nos dimos hace 2 años? ¿De lo bien lo que pasamos juntos?”

Mentiría si te dijera que no me sentí morir en ese mismo momento. Que no me dolió. La verdad es que casi no respiraba. No podía. Cada bocanada de aire era un fuego que me atravesaba desde la nariz hasta llegar a los pulmones. Me temblaba todo el cuerpo y no podía controlarlo.

Quedé unos instantes totalmente paralizada y haciéndome pasar por él le dije “Dale que no me acuerdo”

Ella respondió, como si fuera un juego de los tantos a los que estaba acostumbrado mi ex: “¡Dale Ale! ¿Te olvidaste de ese sábado que pasamos juntos besándonos toda la tarde? ¿Acaso no era que mis besos te había gustado un montón? No me digas que ya te olvidaste de la excusa que le pusiste a tu novia, si hasta tu vieja te hizo la gamba para decirle que estabas en lo de tu primo cuando la flaca te llamara como todos los días.”

Entonces ya no luché contra la corriente. ¿Para qué? Ya no podía negarlo, no podía mentirme a mí misma. ¿De qué servía? Con el corazón hecho trizas y un odio terrible le dije “Pedazo de hija de mil puta, sabías que tenía novia y así y todo ¿te lo curtiste?”

“Ale ¿Qué pasa?” preguntó

“No soy Ale pedazo de puta barata, soy la novia arrastrada”

Silencio

“Si caíste como una tarada en que era él, ahora hablá conchuda”

No recuerdo exactamente bien que dijo.  Sólo sé que eran palabras, intentando esbozar una disculpa, a los tropiezos. Así, me contó su historia.

Había conocido a Alejandro en el chat de ciudad. Al principio le había mentido diciéndole que las cosas conmigo estaban realmente mal, que nunca había sentido nada por en mi en verdad y que en realidad seguía conmigo para no estar sólo. Que después que estuvo con ella se había sentido mal por engañarme, que solo había sido esa vez y nunca más. Y que no había pasado de una sesión de besos.

Para todo esto, Ale había logueado su cuenta de Yahoo y había agregado la de su MSN para hablar conmigo.

Todavía puedo verme a mí misma como espectadora de ese terrible momento. El muy descarado me negó la existencia de ella. Que yo estaba loca, paranoica. Hasta que empecé a copiar y pegar los textos de esa charla con la otra.

Entonces no pudo negarlo más, ya no era María la loca, eran las pruebas reales de mis sospechas.

Me llené de ira y de dolor. Es increíble como realmente del amor al odio existe un solo paso. Lloraba, ya inconteniblemente, mientras tecleaba frenéticamente tratando de respirar y ocultando mi rostro hacía la calle para que el compañero ocasional de la máquina de al lado no viera mis lágrimas.

Hacía calor, pero temblaba y fumaba. En esa época se podía fumar en los cibers. Y puteaba, lloraba, me sentía morir con cada punto, cada coma.

Me desquité parte de la ira con la flaca. Soy una persona muy estructurada y mi cabeza no concibe, ni concebirá jamás el dañar a otra persona siendo el individuo con el que un hombre engañe a su novia, pareja, etc.

Le dije de todo menos linda, hasta la amenacé con rastrearla e irla a buscar si no desaparecía de la vida de mi novio. Esa noche me sentía tan mal, estaba tan sola, tan loca, tan llena de rabia y de dolor que creo que hubiera sido capaz de matarlos a los dos.

Pensaba que me habían arrebatado al amor de mi vida, cuando en realidad jamás me había pertenecido.

Después de las discusiones por MSN, salí del ciber y me fui a la pensión. Creo que eran alrededor de las 4 o 5 de la mañana. Llegué a casa, me abracé a la almohada y lloré.

Lloré hasta que me quedé dormida por el cansancio y el dolor. Al día siguiente me levanté con mis ojos hinchados. Era un espantapájaros, una muerta en vida, que siguió llorando.

El 14 de febrero él se apareció en casa con un ramo de flores para pedirme disculpas. Nunca me regalaba flores, aunque sabía que romántica y tonta como soy, me encantan esas cosas. Estuvimos toda la tarde, el hablando y yo llorando, tratando de ponerle palabras a toda la catarata de sentimientos que tenía.

Le dije que intentaría perdonarlo porque tenía miedo de estar sola. Me llevaría 3 años darme cuenta que ese día, ese 12 de febrero, como diría alguien que conozco, mi príncipe se había convertido en sapo definitivamente.

Esos 3 años fueron batallas internas, contra él y su familia. Bancarme el desprecio de su hermana, que la bruja de su madre se hiciera la buena adelante mío, cuando sabía que me odiaba con toda su alma por haberle “robado a su hijito”. Porque yo era “la negrita del oeste” que tenía una familia que era un despelote y que solo quería aprovechar su posición económica para obtener beneficios.

Fueron tres años de lucha, negándome a mi misma que ya no había amor. Tuve infinidad de oportunidades de meterle los cuernos, pero aun sabiendo lo que me había hecho, fui incapaz de hacerlo.

Así de boluda soy.

Con el correr de los años me fui replegando sobre mí misma. Encerrándome tras capas y corazas tratando de insensibilizarme al dolor.

Y quedé vacía.

Mi corazón dejó de latir ese 12 de febrero. Por más que lo intenté desde que dejé a Alejandro, no hubo caso. No pude volver a enamorarme.

A veces pienso que es porque aun llevo el lastre del dolor. Cada 28 de diciembre me recubro de mi traje de ironía, me calzo la sonrisa sarcástica en mi cara, salgo a la calle, mirando hacia abajo para que nadie se dé cuenta. Pero este 28 tiene que ser distinto, quiero que sea distinto. Hoy dejo la mochila de mi dolor acá. En estas letras. Ya no quiero cargar con un pasado muerto. No quiero más los fantasmas dando vueltas. Hoy, así, públicamente, dejo de lado mi orgullo y tiro abajo la última de mis corazas.

Me expongo a vos que estás leyendo. Sí, sentí dolor, sí me sentí una muerta en vida, sí me transformé en aquello que mas aborrecía, sí negué mi propia naturaleza, pero jamás pude negar que roto, vapuleado y dolorido, muerto y resucitado, mi corazón sigue latiendo.

Aun brilla la luz de la esperanza en lo profundo de mi alma, seguiré incansablemente buscando ese otro yo que está dando vueltas por ahí, a mi compañero de ruta, el príncipe que cure el corazón de esta princesa.

Hoy puedo mirar hacia adelante, como me dijo la rubia. Acabo de dejar mi mochila.

Una respuesta to “La mochila de la inocencia”

  1. Sabia que este relato iba a llegar algun día. A pesar de la advertencia esta bien redactado y es fiel reflejo del pasado. No fue ni mas ni menos que eso, una “sesión de besos” protagonizada por el verdadero estúpido de esta historia.

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